Personalización de la política

En estos últimos días se han enviado dos cartas a El Mercurio sobre el tópico, ya sea criticando el fenómeno (http://www.elmercurio.com/blogs/2013/08/04/14075/Bachelet-versus-Matthei.aspx), ya sea valorándolo (http://www.elmercurio.com/blogs/2013/08/06/14147/Personalizacion-de-la-politica.aspx).

Intenté aportar al diálogo enviando mi propia carta, pero no fue publicada, pero cierto de que escribía algo verdadero y útil, la comparto por este medio. El tema ciertamente es vastísimo y se podrían escribir páginas y páginas, pero lo mejor es enemigo de lo bueno…así que vamos: 

“Interesantísimo el tópico desarrollado estos días. Da la impresión que, a través de la historia, las sociedades se enfrentan constantemente a la disyuntiva entre el “slogan” que propugna (no sin razón) un “gobierno de las leyes, no de los hombres” y la importancia del “carisma”. 

El problema es que, tal como un jinete ebrio, el pensamiento humano nunca logra estar en equilibrio: cuando lo buscas enderezar, cae inevitablemente al otro extremo.
Así, pasamos del sueño nomocrático de corte positivista comtiano, al desprecio de las normas y a adorar a caudillos (Robespierre o el Führer) o al “culto a la personalidad” estalinista; para luego volver a pensar en diseños y fórmulas asépticas. 
De ahí que no pueda ser extraño ni positivo el panorama de nuestras próximas elecciones presidenciales y parlamentarias: mucho rostro sonriente, cero idea concreta.
Cabe anotar que en el estado de esta situación, no poca influencia (que no única) tiene el diseño hiperpresidencial de nuestras instituciones públicas: todos desean aparecer en la foto con el candidato presidencial del sector y quien se hace de la Presidencia de la República se queda con un botín enorme (casi toda la Administración Pública) para repartir entre sus huestes.
El diseño es ciertamente criticable. Sin embargo, paradójicamente, en el mismo instante en que, con justicia, criticamos el modelo, se desliza ya esa tentación de soñar sistemas tan perfectos en que nadie necesite ser bueno (T.S. Eliot), tentación de la que no escapan los proyectos de reforma al sistema electoral y de una nueva Constitución, por bienintencionados que sean sus defensores.
Para finalizar, consignemos que no hay recetas para evitar este riesgo que cada generación vuelve a enfrentar. Lo poco cierto que hay es que jamás podemos desconocer ni prescindir de la bondad y/o maldad de las personas y que nunca podemos prescindir del otro. Por ende, no lo olvidemos, el país no se construye o destruye sólo con los programas y políticas que nos proponen los aspirantes al poder, sino con el trabajo que cada uno, en su puesto de trabajo, hace o deja de hacer.”.
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