“No es el Presidente. Es la Presidencia”

Con ese título, el profesor Marcos Moreno busca que el actual Gobierno deje de pensar en la aprobación ciudadana y proteja la institución de la Presidencia.

Eso sería válido si la Presidencia fuese algo que defender. Nuestra impresión es que eso no es evidente. Postulamos abiertamente la supresión de la figura, por innecesaria.

Como dice Moreno, el problema no es Piñera, sino la Presidencia… la institución misma de la Presidencia, cuyo diseño lleva a cualquiera al mismo resultado.

El pueblo cristiano y el plebiscito constitucional. Algunas ideas para el discernimiento

El 26 de abril de 2020, el pueblo chileno está convocado a tomar una de sus decisiones políticas más importantes en lo que va de su vida republicana. Deberá decidir si acaso desea que se redacte una nueva Constitución Política, o si seguimos gobernándonos por la Constitución de 1980 (redactada originalmente durante la dictadura cívico militar, encabezada por la Junta Militar que accedió al poder con el Golpe de Estado de 1973, y presidida por Augusto Pinochet, con algunas reformas en los años 1989 y 2005).

Como “animal político” que es todo cristiano, muchas personas que pretenden tomar en serio dicho anuncio, han tomado postura pública. Algunos rechazando que se redacte una nueva Constitución, otros aprobando. Puede ser por desconocimiento mío, pero da la impresión que la mayoría de las personas a quienes han publicado  son proclives al rechazo.

No es fácil en todo caso. No he visto a nadie firmando como católico, pues sólo el Papa y cada obispo en su diócesis pueden representar a la Iglesia. Cada católico sólo puede opinar bajo su responsabilidad. Sin embargo, no me parece posible desconectar a una persona de su identidad como cristiano. Al menos, ningún cristiano desearía que se le viviseccionara de ese modo. Un amigo, hace muchos años, dijo algo que aún tengo como ideal: “Si nos aman, que sea por nuestro amor a Cristo. Si nos odian, que sea por nuestro amor a Cristo”. Este es el ideal de todo cristiano (católico, protestante u ortodoxo): es, parafraseando a C.S. Lewis en sus “Cartas de un diablo a su sobrino”, el único extremo deseable.

Ahora bien, vamos a lo que nos ocupa: nada hay de anticristiano en apoyar una nueva Constitución. Podrá haber legítimas razones político partidistas para votar por el “Rechazo”, pero ninguna de ellas es, per se, más cristiana que la de quien pretende votar “Apruebo”.

Aquél a quien queremos seguir dijo claramente que “Su Reino no es de este mundo”. Así pues, no hay razones para pretender congelar un ordenamiento jurídico.

Nosotros no ponemos nuestra esperanza en una norma o en un sistema jurídico. La ponemos en la Presencia extraordinaria del Misterio, que se hace compañía carnal, humana.

Nuestro aporte a la vida de todos los hombres no es una ley tal o cual, sino una experiencia de plenitud humana, a la que están invitados todos los hombres y cuya realización, concreción, no depende de la consagración de tales o cuales institutos jurídicos (piénsese en los tiempos de las persecuciones en Roma, en el sacrificio de San Maximiliano Kolbe en Auschwitz o en las persecuciones que -aún hoy- experimentan cristianos en China o en países en que rige la ley musulmana). Como se dice en el Relato del Anticristo, de Vladimir Soloviev, “lo más preciado que tenemos en el cristianismo es Cristo mismo”. Si somos serios, lo único que queremos es que los hombres conozcan a Cristo: sea con esta Constitución o cualquier otra, o incluso sin ninguna.

No podemos confundir la “ciudad de Dios” con la “ciudad de los hombres”. La ciudad de Dios, que todo cristiano busca y desea que se concrete (“Venga a nosotros Tu Reino”), sucederá cuándo y cómo Él desee. Ni Su mismo Hijo, pudiendo torcer Su Voluntad, quiso que fuese de otro modo. De otro modo, caemos en la tentación del relato del Gran Inquisidor, de Dostoievsky.

Esta carta, (digamos que casi) obviamente, no debiese tener valor alguno para quien no ha tenido un encuentro. No puedo exigirle siquiera que la termine de leer. Sólo bastaría con que nos aúne a cristianos y nos empuje a profundizar en el tesoro que se nos ha confiado compartir con el resto de los hombres, sin que nos “vayamos por las ramas” o que pongamos “la carreta delante de los bueyes”.

No sé si pueda proseguir con estas reflexiones. Ojalá que sí. Como quiera que sea, si estiman que sirve a alguien, compártansela.