La Constituciòn no arregla todo

Elemental, mi querido Watson.
Asì como tampoco solucionò todos los problemas la Independencia.
De hecho, hay problemas que surgieron con ella y no consta que las soluciones que se han implementado sean las mejores. Algunos, los vencedores, han contado la historia del modo que le conviene a ellos, pero no es del todo claro que haya sido lo mejor.
Hechos como la “pacificaciòn de la Araucanìa”, las guerras contra Perù y Bolivìa; la imposiciòn del autoritarismo portaliano por sobre alternativas liberales o federales; que la guerra civil; la cuestiòn social; la dictadura cìvico militar presidida por Pinochet, con la imposiciòn de la doctrina del shock y nuestra posterior democracia, tutelada hasta hoy, por la cosmovisiòn impuesta en la Constituciòn de 1980…. todos esos hitos debiesen, a lo menos, abrirnos a la hipòtesis que quizà nuestras soluciones no han sido tan ideales como queremos pensar
Que la estabilidad, que cierta sana economìa.
Pues bien, esos son particulares importantes, pero son eso: “particulares”, “aristas de anàlisis”. No son el todo. No son una perspectiva totalizante.
Creo, como decìa Luigi Giussani, que el grado de civilizaciòn de una era (y de un paìs, agregarìa yo) depende del grado de autoconciencia que tienen sus habitantes.
No consta en parte alguna que Chile posea un pueblo màs vivo, que otros paìses latinoamericanos…. y ya que estamos, ¿por què no compararnos con pueblos europeos, africanos o asìàticos?
¿No arregla todo? Por cierto.

Tampoco el golpe de Estado y la imposiciòn de una Constituciòn resolviò todo para la dictadura militar.

No arregla todo. Quizà muy poco, pero es un mìnimo indispensable.

No arregla casi nada. Sòlo puede permitir mejores cauces para procesar y resolver nuestras legìtimas diferencias, sin concederle a nadie el privilegio de una cancha inclinada previamente a su favor

Homenaje a Osvaldo Farrés

Falta poco más de un mes para uno de los eventos políticos más importantes de la historia republicana chilena y parece que, en Chile, no pasará nada hasta Halloween o Navidad. Si parece más importante si en USA saldrá Biden o Trump, que el resultado de nuestro propio plebiscito constitucional.

Sí. Hay élites, de lado y lado, escribiendo, moviéndose, abierta o soterradamente. Pero nuestras murallas, nuestras esquinas, nuestras conversaciones, parecen querer no pensar. “Sí. Hay algo incómodo, pero ¿para qué calentarse la cabeza?”. Veo un precario equilibrio. Un pacto tácito. Para no hablar. Una especie de letargo, ¿quizás autoinfligido?

Quizás es por la pandemia que nos ha azotado.

Quizás es porque estábamos pensando en nuestras fallidas celebraciones Patrias.

Quizás porque la efervescencia que antes nos afectaba en cualquier lid política era solamente artificial.

Quizás antes era mentira que se jugaba mucho, y el pueblo, ya hastiado de tantas mentiras de Pedrito, ya no cree que venga el lobo.

Quizás esa artificial excitación nerviosa era generada por quienes sí se jugaban algo (un cargo). Y, ahora, que no ven cómo ganar, y temerosos de lo que pueden perder, no parecen muy interesados en participar.

O quizás es porque saben que la decisión es nuestra y, celosos del altar de nuestras consciencias, no quieren entrometerse en nuestro discernimiento.

Quizás es porque el pueblo está ya maduro. Y tiene consciencia que el evento es importante, y va a ir a votar que aprueba, pero sabe que el resultado no es indispensable para vivir. Cuántos héroes anónimos, en dictaduras aún más brutales que nuestra democracia, nos muestran que nada les impide vivir en primera persona cada circunstancia.

Quizás me equivoco y el 25 de octubre participa el 90% del padrón electoral.

Quizás porque hay muchos cómodos con esta alienada normalidad.

Habrán muchas explicaciones al día siguiente. A mí, me preocupa el ahora.

Montesquieu reloaded

Hace algunos días, el profesor Flavio Quezada ha publicado una interesante columna sobre lo que supondrá para la Administración del Estado y los otros poderes públicos que se relacionan con ella, la aprobación de una nueva Constitución Política de la República.

Aquí la columna:

Un nuevo Estado para una nueva Constitución

No puedo estar más de acuerdo. Llevando agua a mi molino, sólo deseo enfatizar una cosa. ¿Necesitamos un “Ejecutivo” fuerte? sí.

¿Necesitamos un Presidente de la República? No.

El Ejecutivo es, a fin de cuentas, la o las personas jurídicas (Administraciones Públicas), creadas por el legislador para llevar a cabo las políticas públicas que concreten y hagan experimentable la cláusula de Estado Democrático y Social de Derecho.

Mientras la Administración del Estado siga teniendo como su jefe al Presidente de la República, seguirá presa de las prioridades del Presidente de turno, quien, a su vez, se debe a la coalición de partidos que lo llevaron al Poder

Principios jurídicos

Acabo de terminar una segunda lectura de “Para una teoría de los principios jurídicos a partir de la obra de Frank Moderne”, del profesor Alejandro Vergara Blanco. No puedo decir que ya haya comprendido el texto, pero estoy algo más seguro de lo que yo entendí.

Tuve el honor de ser alumno de Vergara, en pregrado, en 1997, en el ramo de “Derecho Minero” y en el diplomado en derecho administrativo económico allá por el 2006. Se lo dije en una oportunidad y sigo manteniendo el juicio que fue uno de los mejores profesores que tuve, junto a don Enrique Cury (QEPD).

Como digo en mi presentación, soy un aficionado, un diletante del derecho, un mero operador práctico. Un voyeur, uno que va y viene a la reflexión del Derecho. No puedo, pues, dar una panorámica acabada de la obra de Vergara, pero de todos modos me agradó muchísimo leer el artículo que publicase en “Itinerario latinoamericano de derecho público francés. Homenaje al profesor Frank Moderne” (Tirant Lo Blanch, Valencia 2019).

Luego de la maciza obra que ha dedicado al derecho de minas, al derecho de aguas, derecho eléctrico, derecho administrativo general, es una fortuna que entre en el análisis de las teorías del derecho (sí, teorías, en plural, que es como debiésemos hablar, si es que le he entendido bien). Y, sí, quizá sea más honesto hablar de “introducción a esa cosa que algunos denominan ‘Derecho'”.

Con interés leo cualquier cosa que me llega a las manos que haya escrito Vergara desde que, con un ramo del que no esperaba nada (Minero), me ofreciera en 4° de derecho una respuesta a preguntas que tenía vivas desde 2° de Derecho (Más o menos dijo así: “Puede que en una o dos semanas después de cursar mi ramo ya se hayan olvidado del todo de Minero, pero les voy a ofrecer un método que no olvidarán jamás”. Vaya que tuvo razón).

Decía. Me parece bueno que entre en la tópica de los principios generales del Derecho. Y que lo haga como sabe. Poniendo en entredicho todo. Cuestionando desde el principio.

Las pocas veces que he leído del tópico siempre me ha parecido como un “wishful thinking” de los profesores; como un (desleal) atajo intelectual; una especie de argumento de autoridad; como un conjuro mágico (así como “abracadabra”, “hocus pocus”, o -pensando en Harry Potter, Hermione y Ron- “¡¡¡habeas iustitiam!!!”).

Hablar de los principios generales parecía como una extraña invocación a los “antiguos espíritus de los jurisconsultos”, y a uno, como palurdo aprendiz, sólo le correspondía decir “amén”, a la espera de poder acceder (algún día) al dominio de esa extraña y arcana alquimia; ese conocimiento infuso, reservado a sólo algunos iniciados.

¿Por qué (o cómo) una determinada “cuña publicitaria” pasaba a ser principio jurídico?

Por un lado, parece que hay tantos principios jurídicos como profesores (leí una vez a un profesor escribir en su cuenta de Twitter: “cuando tengo insomnio, me pongo a contar principios jurídicos”) y eres mejor profesor mientras más principios “inventas” (lo que, por cierto, es mentira, pues, si he entendido bien, los principios se descubren. Así como Miguel Angel Buonarrotti señalaba que él sólo ayudaba a la escultura a salir de la piedra; el jurista desentrañaría el principio del sistema, pero éste ya está en el ordenamiento, esperando que se lo descubra).

Decíamos que, por un lado, parece haber tantos principios como profesores, pero también es cierto que más o menos están todos de acuerdo en que habían algunos principios indiscutibles, pero tan indiscutibles, que uno no sabía, si eran algo útil y operativo o si eran reliquias de veneración, pues una vez que se las nombraba, no se les cuestionaba como algo autoevidente y, peor aún, no se les ocupaba nunca más (a menos, claro, que se le ocupase como conjuro, para dar por terminado el debate).

Recordando el dilema del huevo o la gallina, ¿qué viene primero?¿ el principio jurídico o el “jurista”?

Podría decirse que el “jurista”, pues sólo aquél que se ha hecho fama de tal puede acuñar nuevas entelequias y denominarlas elegantemente “principios jurídicos”, como postulados que no requieren demostración.

Pero también podría decirse que el “principio” viene primero, pues sólo algunos elegidos tienen acceso a su gnosis. y estos pasan a llamarse “juristas”, ante los que la única actitud posible es el “temor reverencial”, como si fuesen Moisés o alguno de los profetas.

Toda esta polémica caricaturización es evidentemente una exageración, pero muestra de modo aún más prístino, si cabe, la evidente necesidad y utilidad del esfuerzo científico de Vergara Blanco.

Algunos siembran y otros cosechan, y el rendimiento de la simiente siempre es gracia. Por otra parte, también es efectivo que cada persona tiene su propio temperamento; cada profesor tiene sus propios intereses y enfoques de análisis de, a veces, los mismos fenómenos, lo que nos enriquece a todos (“La verdad es sinfónica”, decía Von Balthasar).

Bien puede ser que pocos sigan los derroteros que ofrece Vergara Blanco, pero no puedo dejar de desear que salgan muchas obras epigonales que nos permitan disfrutar (a la mayor cantidad de gente) de las consecuencias prácticas y frutos de las reflexiones y conocimientos de este estimado y respetado profesor.